martes, diciembre 13, 2005

Miguel otra vez
Otra vez, sí, otra vez.

Y otra vez con su idea del suicidio. Aunque no le gusta que emplee ese término; ahora prefiere hablar de un salto cuántico. Antes se quedaba sólo en salto.

Cuántico

Le he pregungado qué es lo que quería decir con eso de salto cuántico y me ha mirado de esa forma que sólo él sabe hacer. Sus ojos brillaban con arrebato mientras me hablanba. Tan intensa era su expresión, que perdí sus palabras y tuve que pedirle que volviera a repetírmelo desde el principio.

Me daba nombres que yo memorizaba: Moravec, Everett y del gato de Schrödinger. Exceptuando este último, los otros no me sonaban de nada.

Busqué en Internet y encontré esta página
http://en.wikipedia.org/wiki/Quantum_suicide La verdad es que no sé qué hacer. El año pasado avisé a la Policía, pero entonces tenía una fecha, incluso una hora.

Por aquellas fechas tuve la oportunidad de hablar con su hermana, que por cierto, se encontraba embarazada. Me contó que hacía unos meses le habían encontrado en la bañera con las venas cortadas. Decidieron internarle en una clínica privada.

Recuerdo que se acariciaba el vientre suavemente con las manos. Se mantenía un tanto separada de mí, como si temiera que le arrebatara al hijo que guardaba en sus entrañas. Finalmente echó parte de culpa a unos "libros raros" que su hermano leía y que ella, muy prudentemente, había escondido.

Por eso me animé a preguntar a Miguel por sus libros. Me contestó que los encontró en el altillo de su despensa. No me dio títulos, pero sí el nombre de unos cuanto filósofos... idealistas, como matizó él.

Entonces, caí en la cuenta que de una manera inconciente podía estar alimentando su alocada idea, así que pensé en cambiar de tema. No podía dejarle explayarse, pero también me veía obligado a instalar un poco de cordura en su mente.

Tras reflexionar unos instantes, me asaltó una idea y decidí correr el riesgo.

-Algo falla -le indiqué con mi voz cargada de solemnidad.
Él me miró extrañado y luego desvió sus ojos hacia el suelo.
-Lo sé -contestó, y se quedó pensativo.
-Hagamos algo, Miguel. Reflexionemos sobre este tema. Déjame buscar algo de información y, en caso de que tengas razón, prometo ayudarte
-¿Ayudarme?
-Sí, ayudarte. ¿O acaso no ves que algo falla?
Miguel se levantó del banco y posó su mano sobre mi hombro.
-Eres un buen amigo, ¿sabes?
-Gracias.
-Pero no entiendes nada, Paco, no entiendes nada.

Eso fue lo último que escuché antes de que mis ojos lo perdieran calle abajo.